sábado, 23 de enero de 2010

Es sólo María quien permite entrar en el paraíso terrenal para pasear agradable y seguramente con Dios y santificarse




Bellísimas imágenes del Castillo de Linderhof, construido por Luis II de Baviera (gentileza de los sitios correspondientes: google/schloss Linderhof bild). El genio, el gusto noble y regio del desdichado rey, las nostalgias del paraíso terrenal que duermen en el fondo del alma humana crearon estos ambientes que de alguna manera sirven para ilustrar las imágenes que usa San Luis María para describir el rol de Nuestra Señora, en este inefable vitral de Ella que es el Tratado de la Verdadera Devoción.
En este ítem nos habla de que Ella es el paraíso terrenal de donde fueron arrojados Adán y Eva pecadores, para pasear con Dios; la tierra virgen y bendita para alimentarse, la fuente que surge con fuerza y en abundancia para beber sus aguas cristalinas y santificarse. Todo un filón dorado y marial de ideas, de misterios de la Fe, sobre la vida de la gracia en las almas y en la sociedad, de las riquezas de las bodegas de Dios que El confió a Nuestra Señora para levantar las almas caídas por la atmósfera de pecado creada por la Revolución anticristiana, para edificar sobre sus ruinas el Reino de Maria.

45. Es sólo a María a quien Dios ha dado las llaves de las bodegas (1) del divino amor y el poder de entrar, y de hacer entrar a los otros, en las vías más sublimes y más secretas de la perfección. Es sólo María quien les franquea a los miserables hijos de Eva, la infiel, la entrada en el paraíso terrenal, para pasear allí agradablemente con Dios, para esconderse seguramente en él contra sus enemigos, para alimentarse deliciosamente, y sin temerle ya a la muerte, del fruto de los árboles de la vida y de la ciencia del bien y del mal, y para beber a largos tragos las aguas celestiales de esta bella fuente que allí surgen fuerte y abundantemente; o, más bien, como Ella misma es ese paraíso terrenal o esa tierra virgen y bendita de la que fueron expulsados Adán y Eva pecadores, no les permite entrar sino a aquellos y aquellas que le place para que lleguen a ser santos.
1) Cantares, I,3.